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17 de noviembre de 2019, 13:35:50
Opinión

Opinión: “Mi Pequeño Manhattan…


Inesperado homenaje

Por Germán Ubillos Orsolich

03ABR19 – MADRID.- Estaba yo pensando en la mensurabilidad de la propia vida y lo que hemos dado de sí, cuando me vino a la mente la idea de un homenaje a mi modesta y azarosa vida literaria. Pero claro, eso no se podía proponer porque quedaba muy feo.


Entré en este ruedo de las letras por la puerta grande del premio nacional, premio donde los haya apadrinado por el Jefe del Estado, como premio nacional y por don Manuel Fraga, que me lo entregara en el entonces Ministerio de Información y Turismo, estreno preceptivo en el María Guerrero y posterior gira por toda España, algo así como los Festivales de España de José Tamayo, que hacía llorar a los viejos a moco tendido de la emoción.

Entré por la puerta grande de Televisión Española haciendo Series de los Premios Nobel o de los grandes escritores del siglo XX. Trabajé con los mejores directores o realizadores y actores de la época, que por cierto eran impresionantes, me fueron cayendo los premios. Primero en la dictadura y después en la democracia.

Tuve el placer de que me presentasen mis libros en prosa personas sencillas, inteligentes y valiosas como Cristina Narbona, Eduardo Sotillos, Juanjo Alonso Millán, César Pérez de Tudela, Alberto Martín Baró, Paquito Fernández Ochoa, o Jacob Petrus.

A través de las letras conocí o hice amistad con Torcuato Luca de Tena, Luis Maria Anson, José Maria Gironella; conocí a Manolo Alcántara y a Emilio Romero ; a Pedro Lazága y a Antón García Abril, bueno trabajé con ellos.

Pero a lo que vamos, con 75 a cuestas y que el 12 serán 76, lo del homenaje me runruneaba la calavera y antes de que alguien jugara con ella como hiciera Yorick, en presencia de Hamlet, príncipe de Dinamarca, seguía pensando en ello.

Pero el panorama nacional era funesto, antes premiaban la excelencia, ahora con frecuencia la basura (con perdón), los que no eran capaces de competir en la empresa privada ni de ganar unas oposiciones se metían en la política, por eso llegaron a gobernarnos no los mejores sino los más mediocres por no decir inanes.

Pensaba en una salida semejante a la entrada y como Premio Nacional que era y que a decir de mi compañero de estudios Enrique Barón Crespo, ministro de Transportes socialista y después Presidente del Parlamento Europeo, se me consideraba un “bien de Estado” del Estado español, algo así como los Picos de Europa o la Catedral de Burgos.

Pero la idea del tiempo que termina para este mundo y esa certeza entre existencial y melancólica me animó a escribir unas páginas a vuela pluma y sin censura aparente, como los niños o como los locos, acerca de ese dios maravilloso y maléfico a la vez que dice llamarse Kronos, el Tiempo.

En la portada del libro se ve a un hombre con una mochila a la espalda, paseando por un umbrío bosque en otoño, lleno de hojas amarillas, castañas y rojizas caídas por el suelo, él camina absorto por un camino de tierra rojiza y la aguja de un reloj superpuesto a la primera imagen parece intentar tocarle la cabeza. Podía muy bien ser el Bosque de la Herrería en su camino hacia la finca del Castañar, en el enclave de San Lorenzo del Escorial.

Sí, el paso del tiempo, eso es lo que faltaba en mi biografía literaria y por supuesto en la bibliografía. Tuve el acierto de fichar de nuevo a mi viejo amigo el editor Carmelo Segura, el mejor, el más rápido y pasional.

Y lo demás ya fue el milagro, pues el libro se presentó a los dos meses de entregado en el “Café Madrid”, una sala cuadrangular bordeada de amplios ventanales junto al Madrid de los Austrias.

Epílogo

A pesar de ser una “repesca” el salón se abarrotó y tuvieron que quedarse en pie unas veinte personas, entre ellas Juan Carlos Rodero, hombre sagaz y buen amigo, pues la verdad es que todo el recinto se llenó de amigos muy queridos, algunos de ellos figuras conocidas del gran público, personas populares.

Salió todo tan perfecto, inspirado y emotivo, algunas gentes lloraban emocionadas, mientras mis tres queridos presentadores: Manuel Toharia, Carlos Aganzo y Javier Lostalé se regodeaban pronunciando unos discursos a cual más inverosímil, original y profundo que haya escuchado jamás aquel atestado auditorio.

Me di cuenta entonces con toda certidumbre que aquel era el amor, el aplauso y el reconocimiento que el pueblo de Madrid, representante de una España entera y libre, me ofrecía cuando el tiempo se me estaba acabando.

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