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19 de septiembre de 2019, 13:05:14
Cultura

RETRATOS


Alfonso Sebastián, la pintura como amante y obsesión

Por Julia Sáez-Angulo

08AGO18 – MADRID.- Trabajó en el Ministerio de Cultura como arquitecto técnico para restaurar monumentos histórico-artísticos, pero su pasión y obsesión era la pintura. Por ella hizo locuras juveniles como dejar los estudios en Madrid e irse a Sevilla, lejos de la presión de una carrera técnica que terminó por acabar y vivió de ella, sin dejar un momento la pintura.


Como en La obra maestra desconocida de Honoré de Balzac, Alfonso Sebastián Beltrán (Torrijos. Toledo, 1940) sigue y persigue la pintura con ahínco para llegar a una perfección que sabe difícil o imposible de alcanzar, pero no ceja. Su reciente exposición sobre los colores de Asturias presentaba cuadros de antología.

Torrijeño de pro, elogia a su pueblo en toda ocasión, desde la iglesia de la Loca del Sacramento, hasta la inteligencia superdotada del clan gitano que allí mora, algunos de sus miembros buenos amigos suyos, y de la belleza de las nubes toledanas, que el Greco sin duda conoció y pintó.

Sus debates sobre la pintura son interminables, como si quisiera desentrañar lo inextricable del arte bidimensional, por eso le gustaba platicar sin fin sobre ella con el ilustre sordo, ya desaparecido, Manolo Ortega, quien plateaba la pintura como problema renovado ante cada cuadro y no con formula hecha que lleva a cuadros cada vez más perfectos pero más muertos.

Su experiencia suscribe también que: de pintura, los que más saben son los pintores y que los críticos de arte solo van a la zaga.

Miembro de la tertulia Contra aquello y esto, que tiene lugar en el Café Gijón, disfruta y recuerda con cierta melancolía las diatribas de altura que tenían dos grandes literatos: Medardo Fraile y Alfonso Martínez Mena, ambos de bandos opuestos en la guerra civil, dos Españas que se unían en el debate literario y gramatical, porque ambos eran capaces de defender con pasión una palabra o una coma que se adecuara a un texto. También ha tratado y querido al mejor escritor de relatos: Antonio Pereira y al narrador Aizpiri.

Casado con Guía Boix, una mujer extraordinaria que sabe convivir pacientemente con un artista, -no estoy muy segura de que la merezca-, es padre de dos hijos que en un alarde de imaginación denominaron Alfonso y Guía, para perpetuar la resonancia de sus propios nombres. Con su caravana y familia, el artista ha recorrido España y otros países y le ha gustado recalar en el camping de Berceo (La Rioja), porque allí encontró buen vino y amigos.

Muchos admiramos su pintura y cultivamos su amistad, para que nos invite a su célebre torreón de Atocha, en el ático de Kapital, desde donde se divisa el Museo Reina Sofía, la estación de Eiffel, y el Madrid sur de la celebre escuela de pintores después de la guerra civil, amén del Círculo de Bellas Artes, Ayuntamiento y el parque del Retiro.

Ha pintado series muy singulares como la de Claustros y monumentos, Músicos, Toros –taurino acérrimo-, Asturias… Su próximo proyecto está pintar el paisaje de la Rioja con su tierra roja ferruginosa y sus vides hermosas en todas las estaciones. Sus retratos han sido siempre muy celebrados y para él han posado numerosos empresarios y bellas damas de sociedad. Valdría la pena ver todos juntos en una exposición.

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