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17 de septiembre de 2019, 8:32:31
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Vivencias


Un padre agradecido

Por Marcelo Fernández Romo (Mafer) - desde Santiago de Chile

Por Marcelo Fernández Romo (Mafer)

25MAY18.- Sabía que este momento iba a llegar y no quiero dilatarlo más. El momento en que me sentaría a plasmar por escrito las emociones que me afloran ante la pérdida de mi amada hija Mane. Y el primer término que cruza por mi mente, es agradecimiento. Por lo que me hizo vivir y por haber hecho algo breve su sufrir y nuestro sufrir.


Cuando aún siento en mis labios la tersa piel de su frente en esos 10 besos que le di antes que sellaran su féretro, quiero desnudar el sentir de un padre que tal vez no lloró mucho el último día, porque descargó sus lágrimas en silencio los días previos, para tenerlas casi agotadas el día en que los suyos lo necesitarían íntegro al frente del dolor familiar. Algunas veces escuchamos la frase “los verdaderos hombres no lloran”… error… los verdaderos hombres no lloran cuando los están mirando.

Con ella aprendí a ser padre. Y si mis otros 3 hijos encuentran que con ellos lo he hecho bien, mis queridos niños se lo deben a ella.

Aprendí a mudar, a hacer mamaderas, a hacer su sopa, a lavar pañales, a planchar su ropa, a ponerme trajebaño al darle su comida porque la batalla era brava, a pasear su coche por extensos minutos en espera de su sueño (nuestro récord fue una hora y 45 minutos), etc. Así de regalona, así de malcriador.

Fui su Pediatra desde que salió de la maternidad; y a pesar de llevar sólo 11 meses de profesión, no se me pasó por la mente encomendar sus cuidados a otro colega, y recuerdo que en su infancia sólo 2 veces tuve que apoyarme en otros profesionales para solucionar algún entrevero de salud.

Y así fue creciendo… y así fui creciendo.

Con ella y por ella todo se me hacía entretenido y llevadero. Incluso las reuniones de apoderados y las charlas de catequesis, muchas veces resistidas y criticadas por otros papás amigos.

Luego, teniendo ella casi 15 años se produjo el quiebre matrimonial. Uno como padre no sabe si sentir algún grado de culpa frente a sus hijos, pero un día le escuche decir: “no me importa que duermas a 6 cuadras de la casa, sólo me importa que estés bien”.

Y a poco andar, la sorprendió su precoz embarazo. Entre lágrimas y palpitaciones me contó la verdad, y ante mi silencio me preguntó “pero papá que piensas” y le respondí “pienso en que iremos de inmediato a comprarle el primer babero a mi nieto (a), y tiene que ser azul”. Nos fuimos abrazados y ella agregó “pensar que hay niñas que por esto les habrían puesto las maletas en la puerta de la casa; gracias papá”.

Otra vez a disfrutar de un nuevo paciente. Mi vigoroso nieto recién nacido, Felipe.

Mientras ella consolidaba lazos siempriternos con sus mosqueteras amigas del Colegio Corazón de María, (muchas de ellas también mis pacientes, en su momento) quienes estarían presentes hasta su último hálito de vida y de quienes estaré eternamente agradecido

Y ya terminados sus estudios superiores; entró al mundo de los adultos.

Una esforzada alumna graduada primero de “Secretaria ejecutiva bilingüe y luego de “Técnico en prevención de riesgos” carrera esta última, que si bien nunca ejerció, le permitió conocer a Claudio, su Claudio, desde hoy puntal único de la bella Laurita.

En la actualidad era una eficiente profesional. Secretaria del Departamento de Difusión de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile. (Como yo le decía, encargada de la farándula de la facultad).

Y cuando el destino le traía a los 36 años su segundo gran regalo, al que bautizó Laurita (y a quien yo llamé y llamaré por siempre Laurita Esparanza), ese mismo destino también le trajo aquella mortal sentencia.

Luego la lucha estoica por ver el inicio de esa vida que llegaba, robándole meses a la multiplicación de aquellas células malignas que se oponían a su felicidad. Batalla que duró 10 meses.

Y finalmente el eterno peregrinar de familiares, amigas y amigos alrededor de su eterna existencia.

Pienso que no es común ver al Decano de una Facultad Universitaria en una clínica por la noche y en una capilla a la noche siguiente acompañando a los parientes de una eficiente y sonriente integrante de la familia universitaria que ha partido.

Y así se apagó su vida, pero no su luz.

--- Un padre agradecido... A ella, a todos y a Dios.

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