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23 de septiembre de 2020, 1:27:37
Boletín Cultural


España conmemora el cuarto centenario de la muerte del misionero jesuita Diego de Pantoja, puente entre China y Occidente

Por Jesús Caraballo – Miembro de FEPET


25ABR18 – MADRID.- El próximo 9 de julio se cumplirán cuatrocientos años del fallecimiento en Macao (antigua colonia portuguesa en China), a los 47 años de edad, del jesuita español, Diego de Pantoja, que junto con el también jesuita Matteo Ricci, consiguió introducirse –en 1601- en la cerrada corte del emperador Wan Li, de la dinastía Ming.


Este misionero, natural de la localidad madrileña de Valdemoro, donde vio la luz en 1571, siguió la senda de San Francisco Javier, discípulo del fundador de la Compañía de Jesús, San Ignacio de Loyola, en su afán evangelizador en Asia. Él y Ricci tomaron el testigo de San Francisco Javier, quien murió en la isla de Formosa, sin poder poner pie en las costas de China. Fue uno de los pioneros en la introducción del cristianismo en aquel gran imperio, apostando por adaptarse a la idiosincrasia china.

Ingresó a los 18 años en el noviciado de la Compañía de Jesús de Toledo, semillero de vocaciones misioneras hacia Oriente, donde entró en contacto con el arzobispo Luis de Guzmán, que en ese momento escribía su “Historia de las misiones de la Compañía de Jesús en la India Orienta, en la China y Japón”, y quien le animaría a seguir su vocación misionera hacia aquellas lejanas tierras. En Toledo, tuvo oportunidad de leer la obra de Juan González de Mendoza, “Historia de las cosas más notables, ritos y costumbres del gran reino de la China”.

Con destino a Extremo Oriente, embarcó en Lisboa, en 1596, y tras escala en Goa – entonces colonia portuguesa en la India-, y tras su fracasado intento de dirigirse a Japón, que en ese momento emprendía una dura represión contra la nueva fe, decide dirigirse a China. Pasa dos años en Macao, completando su formación teológica en el Colegio de San Pablo, tras lo cual, consigue entrar clandestinamente en China, en 1600, para encontrarse con Mattteo Ricci. Macao era el epicentro desde donde la Compañía de Jesús seleccionaba cuidadosamente a los religiosos que mandaba a evangelizar por aquellas tierras.

Ambos misioneros, con el beneplácito de las autoridades de Nankín, emprenden viaje a Pekín, donde tratarán de ganarse el favor del emperador. Su objetivo, para lograr una rápida conversión de la población, era ganarse primero a la clase dirigente.

Para ello, hacen al emperador exóticos regalos, como relojes o clavicordios (desconocidos en China, Pantoja será el encargado de enseñar el manejo de los relojes y a tocar ese instrumento a los eunucos de la corte, designados por el mismo emperador), que consiguen ganarse su favor y su autorización a permanecer en la capital. Incluso se les autoriza el acceso a la exclusiva Ciudad Prohibida cuatro veces al año, para controlar el mantenimiento de los relojes.

Diego de Pantoja y Matteo Ricci eran partidarios de amoldar su mensaje a la forma de pensar de los nativos, para que les resultara más sencilla la asimilación de la nueva fe. Con ese fin, aprendieron el idioma y adoptaron sus costumbres, en contra de la opinión de otros religiosos, que consideraban que el cristianismo debía predicarse en su formato “latino” original. De hecho, Pantoja adoptó el nombre de Páng Dí’é y vestía, al igual que su compañero, al modo de los letrados chinos.

Conviene recordar, además, que en ese momento y frente al intento de los misioneros de introducir el cristianismo en China pacíficamente, en pleno reinado de Felipe II en España y los dominios de Portugal, se planteaba a instancias del gobernador de Filipinas, Francisco de Sande, la conquista de Chinas desde aquel archipiélago, aunque afortunadamente se desestimó.

Paulatinamente queda desplazada la política de adaptación defendida por Pantoja y Ricci, ante aquellos que defienden la incompatibilidad del cristianismo con el confucianismo, lo que genera una creciente animadversión por parte de la población y las autoridades, terminando con la expulsión de los misioneros “bárbaros”.

Al cabo de 21 años en la Corte del Emperador Wan Li, Diego de Pantoja marcha hacia Macao, donde morirá dos años después, no sin antes dejar un extraordinario legado: un extenso tratado, enviado al provincial de Toledo, sobre la geografía, historia y cultura de China, difundido por toda España y con traducciones al latín, inglés, francés y alemán, una de las más completas descripciones de aquel país escrita por un europeo; su contribución a un sistema de trascripción del chino al alfabeto latino; así como al desarrollo de la tecnología y la cartografía chinas.

Con motivo de la efeméride de la muerte del misionero jesuita Diego de Pantoja, tanto España como China, realizan distintos actos. El pasado 11 de abril, el Instituto Cervantes de Madrid presentó el Año Diego de Pantoja, con el que se quiere rendir un merecido reconocimiento a este español universal.

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