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31 de mayo de 2020, 2:44:31
Opinión

Opinión: “Mi Pequeño Manhattan…”


En la muerte de Raymond Kopa

Por Germán Ubillos Orsolich (*)


06MAR17 - MADRID.- Tenía yo trece años cuando Raymond Kopa fichó por el Real Madrid. Mi padre nos llevaba al Bernabéu a mi hermano y a mí, sentados en la fila seis muy cerca del césped. Fue la primera vez que le vi. Era rubio, espigado, elástico, regateaba como nadie, era la perla - como diría Steinbeck-, la joya final para engarzar la mejor delantera del mundo, una delantera que a mis 74 años jamás he vuelto a ver, ni creo que se repita : KOPA, RIAL, DI STEFANO, PUSKAS Y GENTO.


Verles jugar a los cinco juntos puedo asegurarles que es suficiente premio, quizá de los mejores, que me ha regalado la vida.

Nada tiene que ver con otras experiencias, sencillamente porque brillaban con tal fulgor que sé que los que aún estamos en este mundo jamás olvidaremos.

Una delantera que bordaba el juego, que podría tener y retener la pelota lo que quisiera, que al final la cedía al contrario para no aburrir al respetable. Sonreían, se sonreían a veces…, eran tan elegantes; al primer toque, tan geniales. De vez en cuando se le oía a Di Stefano gritar con toda claridad y pronunciar el nombre de otro genio. He visto a la “Saeta Rubia” sacar un balón de la raya de gol de la propia portería, gritar la palabra “!Pancho!”(Puskas), salir corriendo con aquella zancada prodigiosa que tenía, ver al grueso Puskas mirar hacia arriba, lanzar el balón con aquella potencia inusitada, para que cayera a los pies de Di Stefano, que llegando a la otra portería, la contraria, remataría de chilena para hacer gol.

Jugadas como ésta, queridos lectores, no he vuelto a presenciar, y puedo asegurarles que no era preciso ir mucho al Bernabéu para ser testigo de lo que les cuento.

Bien; Raymond Kopa, leyenda en el “Madrid” y en el “Stade Reims”, de donde vino; estuvo en el equipo blanco poco tiempo, de 1956 a 1959, pero en ese cortísimo intervalo ganó 3 Copas de Europa, 2 ligas y un balón de oro. Es curioso pues solo tres jugadores franceses lo han conseguido hasta ahora: Platini, Papin y Zidane.

Es muy difícil que ningún escritor, por bueno que este sea, pueda hacerles llegar y sentir lo que era aquello, aquel espectáculo. He de reconocer que de los cinco jugadores el más fino, el más elegante, era Raymond Kopa. Su dribling sin despeinarse, el pase corto, el sprint a la carrera, el gol final. Bueno, para qué hablarles.

Eran jugadores finos, aparentemente normales, ni musculosos o fornidos como son ahora, no, gente normal, un fútbol más vistoso, más divertido, con muchos goles, a veces siete u ocho. Sin darles esta pompa que se les da hoy en día; otro mundo, un mundo de gentes más normales, sin los lujos, sin ninguna necesidad supérflua. Mi padre temblaba de emoción, a veces fumaba un puro y muchos caballeros llevaban sombrero, y las damas - que las había y muy pasionales y entendidas -, vestían con cierta elegancia.

Desde Santa Pola, don Santiago había hecho el milagro con la ayuda de Saporta. Y aquí, en ese joyero, en esa caja mágica que era y sigue siendo este estadio, durante algunos años, en mi niñez y adolescencia, vi jugar un fútbol increíble.

Me entero que Raymond Kopa acaba de fallecer. Tenía, tiene 85 años, veo su foto en los medios, me llevaba tan solo 11 años y esa foto sepia, quizá por lo antigua, trae a mi memoria aquellos años irrepetibles. El jugador francés, tan poca cosa (me refiero a su fortaleza o corpulencia) pero un artista del balón indiscutible, la joya final que faltaba a aquella corona inmarcesible. Espero que esté en el Paraíso, que haya entrado con la sencillez, con la elegancia que le caracterizaban. Aunque en realidad la eternidad la tenía ganada en este mundo, pues lo héroes, los genios nunca mueren. Son eternos.



(*) Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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