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3 de julio de 2020, 0:54:50
Opinión

Opinión: “Mi Pequeño Manhattan…”


La ciudad de las estrellas

Por Germán Ubillos Orsolich (*)


25FEB17 – MADRID.- Venía avalada de una discreta pero sabiamente esgrimida propaganda y se hablaba de ella como candidata a muchos Oscar . Era un musical, a mí me chiflan los musicales pero tardé cierto tiempo en ir a verla, lo hice con una amiga muy íntima pero con la que es difícil coincidir ya que su vida ha dado un giro de ciento ochenta grados, por eso nos sentamos en butacas muy distantes al llegar ella algo más tarde.


Pasa como con la vida. Bien me senté en mi butaca y me dispuse a ver el filme. Simula “Cinemascope”, los años sesenta, aquella técnica de rodaje y proyección novedosa que se inició con la inolvidable “La túnica sagrada”. Me trae recuerdos lejanos, cuando el alma era muy virgen y todo en la gran ciudad era maravilloso, en una dictadura mala para algunos y maravillosa para otros.

Bueno, a lo que vamos, un atasco de automóviles en una autovía camino de los Ángeles en el templado invierno californiano. Una chica que comenta algo desde su automóvil y así de pronto en pleno atasco salen todos ellos y ellas de sus automóviles y se ponen a bailar un ballet inverosímil con una música impresionante y marchosa, saltan sobre los capots, sobre los techos de los coches, hay travellings y cámaras por doquier, incluso desde helicóptero, la música es estruendosa, una especie de “West Side Story” pero a lo bestia, como solo saben hacerlo ellos, solo por este número coreográfico de masas, solo por contemplarlo merecería ver el filme.

Y entonces comienza una historia más bien vulgar; una chica que vive con sus amigas y que iba a ir a una fiesta; la chica se llama Mía y es Emma Stone, no es guapa pero tiene algo y en eso estriba quizá lo más original del filme, llora de fábula. Hace pucheros y en abundancia. Pero eso sí baila que da gusto, una chica más que para enamorarse de ella para quedar en el pensamiento como algo diferente a cuanto hemos visto.

Al fin aparece él, se llama Sebastián y es Ryan Gosling, tampoco es especialmente guapo, tiene barbita y cara angulosa, es pianista, le gusta el jazz y toca en tugurios. En hoteles, en esos lugares donde la gente tomaba copas y fumaba, cuando aún lo permitían.

Ella se aburre muchísimo en la fiesta y cuando sale le han robado el coche, se va de noche refunfuñando (escena ciertamente hermosa y sugerente) y va a entrar en el club donde él interpreta (muchos años antes de ser escritor me hubiese gustado ser pianista de esos clubes nocturnos donde todos fumaban y nadie te hacía ni caso, lo que pasa es que han pasado tantos años que ahora lo veo con frialdad). Ella queda prendada al oírle tocar mientras el jefe le está despidiendo del trabajo y en plena navidad.

Después se encuentran un par de veces, creo que ya es verano pues el filme está cortado bruscamente en las cuatro estaciones del año. Y es en uno de esos encuentros al borde de una curiosa carretera en un alto desde donde se divisa el suave amanecer de las montañas cercanas a Hollywood, donde después de despreciarse mutuamente y de decirse que no se gustan nada, cuando así de pronto se ponen a bailar, eso si un baile fantástico con la música de Jordan Hurwitzy y Gary Gilbert a quienes ya se les apoda los Rogers y Hammerstein del momento.

Ese baile sí, ese baile merece la pena, creo que es el cartel anunciador del filme pues la chica está para comérsela y es que aún sin ser guapa su expresión corporal lo dice todo, como esas mujeres que llevan dentro de sí un tesoro escondido inefable pero que casi nunca dejan ver.

Él, Ryan Gosling, está también fenómeno. Bailan diciéndose las cosas más feas, mostrando el desinterés y casi el asco que se tienen.

Como la he tenido que ver dos veces para contársela a ustedes, esta es una de las cosas que no encajaban en el “primer visionado”, como decían cuando yo iba a Prado del Rey a entregar mis guiones, precisamente en una época muy cercana a la de la película, el fin de los sesenta y principios de los setenta.

A fuerza de verse acaban haciéndose compañeros, después amigos y al fin pareja….Pero los dos son artistas, él pianista y ella actriz que quisiera llegar a ser escritora.

Pero si la vida en pareja es en sí harto difícil, si ambos son artistas esa vivencia se hace bastante más difícil aún y me baso en mi experiencia personal en amigos y amigas que he conocido. Quizá por eso “La ciudad de las estrellas” tenía algo especial, de alguna forma incidía en mi propia vida de septuagenario, cuando se mezclan en mi mente los recuerdos, las intuiciones, los sueños, la realidad, lo que pudo ser.

Una conversación de ella con su madre que él escucha desde otra habitación es el hecho aparentemente nimio como ocurre a menudo para que él cambie de proyecto vital y produzca tal decepción en ella, junto con el cambio del ritmo de vida, que acabe con la pareja.

Algo nimio pero esencial tratándose de un hombre y una mujer muy jóvenes, pura hormona, y encima viviendo en Hollywood, ese lugar que dicen crea y rompe idilios, cuyos estudios se ven repetidas veces e incluso rodajes en plena calle. Por cierto un baile de las cuatro amigas en la calle es de lo más novísimo que he visto.

Bien, al final él consigue el club de sus sueños, el club de jazz, su pasión de siempre pero ya sus vidas se han separado y ella se ha casado con “el marido ideal”, eso tan repugnante que la costumbre católica ha establecido como tal y que a veces causa verdadera grima. Ella deja al niñito, ¡cómo no!, al Víctor o al Johny, como se llame en brazos de la nurse – canguro, y se escapa con su marido de plástico, alto, amable y perfecto y entran por pura casualidad en un club nocturno donde Sebastián dirige la orquesta de jazz y toca el piano. Se sientan entre el público y se reconocen.

En ese momento ella está inverosímil, me recuerda la cara que tenía mi pobre hermana que murió sin haber paladeado el amor. Su cara es más fofa, su mirada medio autista expresa el pasmo que le produce ver lo que pudo llegar a ser y en lo que se ha convertido con el roro y todo lo demás. Él la mira, le enfoca el foco cenital y no se le ocurre otra cosa que tocar la canción de siempre, su canción.

Solo por esto yo diría que es una de las películas más tristes que he visto en mi vida, más triste que la propia vida, pero más triste aún que la muerte, pues hay hechos en la vida más tistes que el hecho de morir, y es sobrevivir para llegar a ver o a experimentar algo tan penoso, que más valdría haber muerto mil veces tiroteado o como fuera.

Eso es “La ciudad de las estrellas”, “La – la – Land” que no sé por qué la han puesto ese subtítulo.

Dicen los productores y guionistas que querían un híbrido entre los musicales de antaño y un musical que conectara con el mundo actual, con la gente más joven. Creo que les ha salido un bodrio, pues en el montaje final para remate se mezclan imágenes de la chica con el marido de plástico y el roro, y otras de la misma chica (Emma Stone) con el pianista de sus sueños y el mismo roro.

Por eso salí tan zumbado la primera vez, encontrándome a mi amiga a la salida sin tiempo para decirnos casi nada.

Y en esta segunda vuelta con esa lucidez que dan los años e ir a ver el filme en soledad, tan libre como estar sin amigas ni amigos, tú solo, sabiendo que por maravillosa o perra que es la vida hay algo mucho mejor que estar mal acompañado y estar solo, maravillosa y absolutamente solo.

Nota.- Eso no quita que la den algún que otro Oscar.


(*) Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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