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18 de enero de 2022, 15:12:41
Cultura


La luz que me faltaba, una antología en la que se nos ofrece la dimensión poética de Joaquín Benito de Lucas

Por José López Martínez


13ENE17 – MADRID.- En la primera página de su introducción al volumen que hoy presentamos, La luz que me faltaba, de nuestro vicepresidente Joaquín Benito de Lucas, el autor de dicha introducción, Pedro Antonio González Moreno nos dice que "la poesía contemporánea aparece sometida a las férreas retículas de las antologías, que en su afán de fijar bloques, grupos, mapas y direcciones, han operado a menudo de manera reduccionista, relegando a la sombra algunos nombres que no se ajustaban a sus pautas o a sus intereses", entre cuyos autores se refiere al del volumen que estamos presentando.


Y no es este el único caso, incluso en tiempos pasados fueron muy comentadas las críticas que recibió Gerardo Diego por razones muy parecidas tras la publicación de Poesía española, antología especialmente significativa, omitiendo a ciertos poetas que bien lo merecían. Efectivamente, resulta difícil clasificar los nombres de una generación, incluso sin que estén por medio otros intereses menos esclarecedores de la realidad literaria. Mucho más acertado me parece el trabajo realizado por el editor valenciano Francisco Ribes en su Antología consultada de la joven poesía española, publicada en 1952, cuyos verdaderos antólogos fueron los propios poetas.

De lo que sí estamos seguros, en este asunto de las antología, es de la importancia de la obra de Joaquín Benito de Lucas, desde el primero a sus últimos libros, sobre todo a partir del premio Adonáis, que ganó con Materia de olvido. Luego, y antes, le llegaron más premios, como el Miguel Hernández, el Rabindranath Tagore, o el Ricardo Molina. De Materia de olvido sonestos versos:

Esta es mi casa; pobre,

vieja, mal encalada

donde viví los años

aquellos de mi infancia,

donde me visitaron

cuando apenas contaba

diez, la pobreza, el miedo,

la enfermedad, la espada

de un dolor que a los niños

atraviesa y no mata.

¿Las palabras sueñan que las soñamos? ¿La poesía tiene conciencia de que gracias a ella el mundo, los sentimientos y las ideas se renuevan continuamente? Bécquer nos hablará del rebelde y mezquino idioma, insuficiente en tantas ocasiones para explicar la alta graduación de su sensibilidad. ¿Espacio de la posibilidad infinita? Joaquín Benito de Lucas parece echarle un poco de agua al vino, hacerlo más digerible, y también, dicho con palabras de otro gran poeta talaverano, al amargo sabor que da la vida. ¿La poesía, como la novela, incluso como el ensayo, se apoya en la autobiografía, en determinados aspectos de una realidad que sólo los poetas conocen. Lo explicó León Felipe, el poeta que entendió la vida como un peregrinaje: "la poesía es biografía hasta que la recoge el viento, que es hacerla poesía y entra a formar parte de la gran canción del destino del hombre". Y otra aportación oportuna y esclarecedora, esta de otro gran amigo y poeta, Antonio Hernández: "Nos hemos acostumbrado a hablar con la ayuda de conceptos, siglas y números que espesan las ideas y alejan a los individuos de nuestro discurso y horizonte. El bosque de demasiadas palabras --apostilla Hernández-- no nos deja ver, a veces, al hombre". Se refiere a la soledad del hombre, al dolor, a una realidad que nos embiste continuamente.

Por las páginas de La luz que me faltaba, Joaquín Benito de Lucas nos muestra el alcance de su sentido trágico de la vida, entendido y sentido al pie de una sociedad agobiante y difícil, construida desde su propia y precaria circunstancia. Él otea y asume lo que observa a su alrededor y afronta el reto de una superación que hubiese sido poco menos que imposible sin la ayuda de sus propias facultades literarias. Recuerdo versos de La experiencia de la memoria, aquella antología inolvidable que tuve el honor de comentar en un periódico de Madrid. Cierto que ya era Benito de Lucas un poeta respetado en los medios literarios de España. Escribió Leopoldo de Luis, amigo y admirador de Joaquín, que el poeta talaverano demostraba ser un poeta, "sabio artífice de la expresión poética" y que su obra, su poesía, era eso: "un auténtico poema sin ganga ni lastres metafísicos", un viaje hacia si mismo, un viaje visto desde la referencia poética y ensayística que nos acerca al tema existencial, asuntos tan próximos a su sensibilidad: "Querido y no querido por las calles,/ alabado y odiado en las tabernas,/ vuelvo al son de mi río/ que es el pulso que mueve mi verso". Porque el río, el paisaje, su familia, son las piedras angulares no sólo de su poesía, sino también de su vida.

No es fácil decidirnos por alguno de los libros recogidos en esta amplia e interesante antología. Entre otras razones porque Benito de Lucas sabe --quizá recordando a Hans Magnus Euzensberger--, que la poesía es omnivora, que no hay nada de lo que no se pueda hacer un poema, sea el buen Dios una mujer, una piedra, un acontecimiento histórico, incluso cosas totalmente cotidianas, y sabe también Joaquín Benito de Lucas algo fundamental y que muchos ignoran o tergiversan: que la poesía no está en las cosas, ni en los paisajes, ni en los ríos, aunque sean tan interesantes como el Tajo, el río de su vida, que la poesía está en el poeta, en el alma del poeta, en las facultades con que Dios le ha dotado para hallar y crear belleza allí donde nadie la había sentido ni encontrado jamás: las verdades sencillas de la vida elevándolas a obra de arte, aunque como sucedió a su paisano Rafael Morales en poemas como el dedicado al cubo de la basura. Como dijo hace años Mario Vargas Llosa, "en la poesía está el pecado, la trasgresión, los bajos fondos de la vida misma" , pero sólo el poeta, el verdadero poeta dispone de la facultad de la trascendencia, de que sus palabras obren el prodigio de lo imperecedero. Se advierte en uno de los poemas de Invitación al viaje, libro publicado en 1995:

Hay muchas formas de peregrinar,

muchos lugares santos:

Roma, Jerusalén, mi corazón,

la Ruta de la Seda, caravanas

a Palmira, el Camino de Santiago,

Bagdad hacia la Meca

el camino que lleva a mi desgracia.

La luz que me faltaba es una antología que nos agarra y somete al ritmo poético del corazón del, también a la intensidad de su propia experiencia vital, demostrándonos que la adversidad, que las contrariedades pueden superarse cuando se dispone de un espíritu creativo que va mucho más allá de cualquier utopía ajena al sentido humano de la vida, pues en la infancia de Benito de Lucas se dieron todas las proposiciones para el hundimiento del futuro que él soñaba de otra manera. Él sabía y presentía que un verso puede salvarnos, que por medio de la poesía podemos llegar hasta las ideas, hasta la fortaleza de nuestra personalidad, que las palabras constituyen el cuerpo de nuestros pensamientos, una especie de bálsamo de Fierabrás para cualquier cuerpo herido en las batallas del diario vivir. Y mantiene la fe en lo que va aprendiendo y en el ejemplo de las personas que forman su familia. Y en el amor que profesa a todos ellos:

Después de todo lo que me ha pasado

debo de estar contento.

Cuando murió mi hermano,

al que ya había tentado la muerte frente al toro,

estuve junto a él, me sonreía

a través del cristal de sus ojos pequeños

hasta que fue apagándose

y quedó oscurecido junto al traje de luces.

Talavera, su familia, los amigos, sus exilios voluntarios como funcionario y profesor. Todo bajo la espina dorsal de la literatura, de la poesía. Recuerdo aquel viaje a Siria que hicimos en septiembre de 1991, su conocimiento de aquel país. Benito de Lucas me acompañó en la visita al monumento que recoge la célebre Conversión de San Pablo, en Damasco, y a la iglesia donde contrajo matrimonio con Françoise Ducos; luego, también, el viaje a Palmira, al desierto, a la increíble ciudad de Malula, donde todavía se habla el idioma de Cristo. Y todo aquel mundo del próximo Oriente que nuestro poeta ha mencionado en sus libros y conferencias, que admira con devoción. De sus amigos y del paso del tiempo nos ofrece estos versos de su poema Sin tristeza, en los que teme,

que no me reconozcan, que no sepan

quien soy, yo que he cantado su vida en muchos versos,

y su muerte también, que ellos no habrán leído.

Mas creo que podrán reconocerme

por el olor que deja cada lágrima

vertida en su memoria mientras estaban vivos.

Admirable es la Introducción del ya mencionado Pedro Antonio González Moreno, la cual recomiendo sea leída con atención y detenimiento, pues en ella aprenderemos a entender mucho mejor el concierto lírico y humano de la obra de Joaquín Benito de Lucas: "Como se observa en el poema inicial de este libro -- Pedro Antoniose refiere a La escritura indeleble, publicado en 2008--, que viene a completar la tetralogía de la memoria, y la infancia se concibe aquí como un ámbito iluminador, como un recinto protector y balsámico que ahuyenta las sombras interiores del poeta". El profesor y ensayista Enrique Rojas sostiene que "nuestra vida no está escrita, sino que depende de la capacidad que vayamos desarrollando para superar esas adversidades". Amor, inteligencia, confianza en sí mismo es lo que se percibe en los versos de Joaquín Benito de Lucas cuando se refiere no sólo a su infancia, sino a esa época intransferible por la que todos hemos pasado y que deja huellas imborrables en nuestro corazón. Rilke entendía que la verdadera patria de cualquier ser humano radica en los años iniciales de su vida, cuando las verdades y las mentiras conviven en los territorios de la imaginación, que hemos de distinguir de la fantasía: la fantasía maneja sueños, es abstracta, mientras la imaginación se desenvuelve en hechos que aspiramos realizar algún día.

Alrededor de una docena de libros constituyen el corpus poético de este volumen, agregando algunos poemas inéditos que confirman la personalidad literaria de Joaquín Benito de Lucas, sin olvidar Los senderos abiertos, escrito en 1957, cuando el poeta contaba veintitrés años, publicado medio siglo después; pero se inscribe en la personalidad del autor, en lo que surgía de su tono, de su lenguaje, de sus preocupaciones en aquellos momentos, aunque puede que más atento a otros aspectos de su propia subjetividad, asunto importante pues que nos hallábamos ante el surgimiento de la poesía social:

Despacio como en sueños

te alejas por el aire

de una ilusión; despacio

te quedas, sin que nadie

que no sea yo te sienta

latir a cada instante

en los seres que a veces

te llaman sin nombrarte.

De mis muchas lecturas de Marcel Prust me llegan estas palabras: "La mejor parte de nuestra memoria reside fuera de nosotros, en una ráfaga de lluvia, en el olor propio de una habitación o en el aroma de una llamarada". La búsqueda del tiempo perdido, las reflexiones sobre nuestro propio pasado, los desamores de unos amigos que creíamos leales, algún periodo brevísimo de felicidad. Ahí radican las claves de nuestra memoria, de nuestra propia historia, de nosotros mismos, de nuestra escritura, de nuestra poesía. Y por ahí andan las páginas de Joaquín Benito de Lucas. Lo advertimos en su poema La llegada, de su libro Invitación al viaje, publicado en 1995:

Olor, color, las puertas de la vida

alumbrando el zaguán de la memoria.

¡Inteligancia, dame el nombre exacto

del olor y el color, la vida misma!

Olor, color, la vida que penetra

por la nariz y el ojo, los cuerpos que se abrasan,

la vida por los ojos poseyendo

todos los cuerpos, su color, su esencia,

toda la luz que expande su perfume.

Y a continuación un apunte social, un grito interior de su preocupación por la existencia de los marginados, porque la poesía social, estudiada casi siempre en sus aspectos menos esenciales, nos ha llegado mal ofrecida. En la poesía social, humanamente social, encontramos autores que la cultivaron únicamente como poetas. Miguel Hernández, Blas de Otero, Dámaso Alonso, incluso Miguel de Unamuno en su Cancionero. Aunque al entrar en un tema tan contradictorio y conflictivo conviene tener en cuenta que Joaquín Benito de Lucas tiene su voz propia y escribe bajo los instintos de la sensibilidad, de la cultura, pues en este caso el poeta pertenece a la familia del arte:

Uno se puede quedar ciego

si mira el mar o la pobreza

o los ojos que viven escondidos

en la cueva del hambre de los niños.

Tomo palabras de Gabriel Celaya, de su libro Poesía y verdad, para concluir este apunte sobre La luz que me faltaba, para dar testimonio de la obra de uno de nuestros poetas principales. Hace años, más de medio siglo, que vengo leyéndole y escuchándole en conferencias, en tertulias en la que imparte su sabiduría literaria y su amistad: "¿Qué queda de las pequeñas podredumbres, de las pequeñas conspiraciones del silencio, de los pequeños ríos de la hostilidad? Nada, y en la casa de la poesía no permanece nada sino lo que fue escrito con dolor para ser escuchado con amor". Y estoy seguro de que ese el santo y seña de la vida y la obra de Joaquín Benito de Lucas.

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