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23 de octubre de 2019, 7:14:53
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Un cuento de Navidad…


Noche de reyes

Por Germán Ubillos Orsolich (*)


02ENE17.- Es la noche de reyes. La tía Angelina con sus dos moños laterales que parecen de plata, sus pasos lentos y su voz cariñosa y precisa, nos ha dicho a mi hermano y a mí que tenemos que poner a la puerta del dormitorio un plato lleno de pan duro y una jofaina con agua para los camellos, que vendrán hambrientos y deshidratados.


La tía Angelina lo sabe todo y lo prevé todo bien.

Hemos limpiado los zapatos hasta dejarlos brillantes, hace ya varios días que enviamos las cartas, mi hermano no sé pero yo estoy bastante nervioso, pienso que esta noche no voy a pegar ojo, es fantástico que lleguen hasta aquí, hasta nuestra casa. Papá y mamá sin embargo, parecen indiferentes.

Ya hemos cenado, puré de patata y pescado, nos han embutido en las camas, el beso de siempre y….a esperar.

Estoy sudando mucho bajo la manta, la colcha y la sábana, ¿todos los niños sudarán igual que yo?, no me gustaría oírles, preferiría dormirme antes, mi hermano ya lo debe de estar; probaré a darme otra vuelta…parece que me entra algo de sueño… parece que me está entrando algo de sueño…

¡ Zambomba, qué ruidos tan tremendos!, ¡los camellos están aquí, han derribado parte de la pared ¡,¡! se están comiendo el pan…!!.

--Venid, niños, vamos a viajar muy lejos.

--¿Quién es usted?.

--Soy Melchor. Subid, subid a los camellos!

-- ¿A dónde vamos?.

-- Subid, digo.

--¿Y usted?.

-- Soy Baltasar, no tengáis miedo.

--¡ Caray, como se bambolea esto ¡.

-- Son las patas y las jorobas.

-- David, no me jorobes.

-- Vamos tras de la estrella errante, algo muy grande debe estar ocurriendo en el mundo.

Después de decir esto Gaspar agarró con su brazo poderoso a David y lo subió a su grupa, mientras el negro Baltasar hacía lo mismo conmigo.

En tres zancadas nuestra habitación estalló en pedazos y nos encontramos primero volando e inmediatamente caminando por el desierto.

--¿Qué os gusta?- dijo Melchor.

--¡Muy bonito respondí- , pero no hay nieve.

-- ¿Nieve? – Murmuró Gaspar –, estamos en otoño, los pastores y los ganados aún están en el campo, ahora solo nos alumbran las estrellas y parte de la Luna.

--¿Y esas tan brillante? – dijo David.

--Esa es nuestra estrella errante, ella nos guía, nos ha guiado durante largas semanas, no nos fallará, lo sabemos.

--Además – añadió Gaspar – nos lo dice el corazón, no nos cabe en el pecho.

-- ¿Y esto qué es? – intenté preguntar.

--Judea, una provincia de Roma. Roma cree saberlo todo, pero no sabe nada – respondió Melchor entornando los párpados -. Construye caminos fabulosos, puentes que no se destruyen, navíos grandes y rápidos, armas desconocidas fortificaciones, palacios…!Ah, y el derecho¡ lo ordena , ordena las relaciones entre las personas, impone la paz …

-- Su paz – interrumpió Baltasar.

--Si, su paz –continuó Melchor -, el que no la quiere es su enemigo y perece…

Hubo una pausa. Caminábamos lentamente por las dunas de arena iluminadas por la luna, el paisaje era azulado, el cielo estrellado, el aire de una pureza extraordinaria, la estrella errante, ahí, delante de nosotros siempre. Comíamos queso de cabra, dátiles y miel de los oasis, pan al estilo judío, en obleas, bebíamos agua de los cocos, de todas formas los magos llevaban buen número de criados y de beduinos que nos hacían la vida muy amable. Qué curioso, la aventura era tan fascinante que raramente nos acordábamos de nuestros padres.

Por fin una mañana llegamos a Jerusalén, rápidamente nos anunciaron con largas trompetas y nuestra caravana se dirigió al palacio de Herodes, pues Herodes era el rey.

--Debes de saber – me susurró al oído Gaspar – que este rey es muy cruel y sanguinario, ha matado a tres de sus hijos, por el poder haría cualquier barbaridad.--- --¿Vosotros sois poderosos?.

-- ¡Ah, Román, nosotros somos inquietos, buscamos la sabiduría, la verdad!.

--¿Y qué es la verdad?.

-- Según las estrellas que no dejamos de estudiar nunca, según lo visible y lo invisible, en lo que no cree Roma – continuó Gaspar -, la verdad tiene que existir, pensamos que esa estrella errante nos conducirá a la verdad.

Años después supe que esa misma pregunta que yo le hacía se la hizo a si mismo Poncio Pilatos. Es la eterna pregunta, y los Magos rebuscaban en su sabiduría hecha de contemplación y experiencia.

Tenía la mente sumida en confusos pensamientos cuando me encontré con Herodes.

--¿Quién es éste? – gritó.

--Es mi hermano – respondió David , venimos de España.

--¿España? , ¡no entiendo nada!- rugió.

Baltasar me cogió de la mano.

-- Son solo unos niños – rió-

-- No me gustan los niños – volvió a rugir Herodes.

-- Rey Herodes – dijo Melchor, hemos llegado a Jerusalén para hacerte esta pregunta, ¿dónde está el que ha nacido, el rey de los judíos?, porque hemos visto su estrella en el oriente y venimos a adorarlo

Herodes se inquietó, se removió en su trono, toda la capa de púrpura y armiño parecía temblar, también sus facciones comenzaron a temblar, creo hasta el dosel del trono temblaba, se esperaba lo peor, pero de pronto, sorprendentemente, sonrió y dejó de temblar.

--Maravillosos magos, ¿o sois reyes?, no os preocupéis convocaré a todos los sumos sacerdotes y a los maestros de la ley y les preguntaré por el lugar del nacimiento del Mesías. Y ahora venid, os daré acomodo en mi palacio.

No comprendía como una persona tan sanguinaria podía tratarnos de aquella manera tan maravillosa.

¡ Qué habitación teníamos, cuantos criados, qué ropas! Éramos felices, pero ni Melchor, ni Gaspar, ni Baltasar lo parecían, rebuscaban en sus baúles, hurgaban en extrañas bolas transparentes, leían papiros que decían egipcios, medían estrellas en sus planos celestes, rumiaban, hablaban en voz baja, se consultaban, En fin, al tercer día y cuando parecían más preocupados nos llamaron al salón del trono.

--¿Dónde está el que ha nacido, el rey de los judíos? – preguntó Herodes al más anciano de los sumos sacerdotes.

--En Belén de Judá – contestó -, pues así está escrito por el profeta.

Herodes volvió a sonreírnos principalmente a mi hermano y a mí, después dijo a los magos.

--Admirables reyes magos, ¿recordáis hace cuánto tiempo visteis esa estrella por vez primera?.

-- Un tiempo indeterminado – respondió Melchor, lleno de misterio.

-- Bien, bien, bien – carraspeó Herodes –, id a Belén, os lo suplico, id y averiguad todo lo que podáis sobre ese niño y cuando lo encontréis, avisadme, para que vaya yo también a adorarle.

A la mañana siguiente salimos de Jerusalén no sin antes entrar en el fabuloso templo de Salomón. No sé como fue pero nos entretuvimos con nimiedades a lo largo del camino, nada más caer la noche la estrella que habrán visto en oriente apareció ante nosotros. Yo iba dormido en el camello boleándome, cuando de pronto Gaspar murmuró.

--¡Eh, mira!

Abrí los ojos, la estrella se había detenido sobre una suave colina rodeada de casitas de adobe encalado. Fuimos cercándonos como de puntillas, sin hacer ruido, los magos, los camellos, los pajes, los beduinos y ahora pastores y ovejas y cabras, a pesar de todo eso el silencio podía cortarse con un cuchillo. Melchor levantó su brazo bajo la capa.

--Allí es.

Se percibía una gran emoción.

Nos acercamos. Los pastores nos dejaban paso, parecían algo alucinados, decían haber visto un ángel resplandeciente del Señor que dijo: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor”.

Seguí a mi hermano, veía sobre su cabeza, los tres magos iban delante.

Entramos en la casa, tenía una sola habitación. Una mujer joven y hermosa contemplaba a su hijo entre pañales, al otro lado un hombre de más edad, corpulento y con barba. La luz del fuego encendido teñía de un color dorado la estancia, olía como a rosas (fue después cuando lo recordé, lo recordaré toda mi vida), era un aroma de otro mundo, el niño nos miraba con una gran paz.

Los magos estaban muy emocionados, creo que lloraban, se postraron en el suelo, sus ricas capas se iluminaban como alas de mariposas; al fondo, en la puerta, los pastores. Así estuvieron más de un minuto, el hombre de la barba les instó a levantarse. Fue entonces cuando pidieron a sus pajes los cofres, los abrieron y después una reverencia a la joven mujer, los colocaron a los pies del niño. Contenían algo que pasaría luego a la historia de la humanidad: oro, incienso y mirra.

Después quedaron callados, creo que daban gracias a Dios, rezaban o no sé qué hacían. El niño sonrió, eso fue lo más maravilloso que he visto en mi vida, ceo que así debe de ser el cielo. Nuestros sentimientos ardían, nos hubiésemos quedado allí toda la vida pero Gaspar me hizo un gesto con la mano, todos hicimos una reverencia y salimos procurando o hacer ruido. A la salida y ya entre los pastores y sus rebaños oí que Melchor dijo a Baltasar: Esta noche hemos sabido lo que es la Verdad.

Ya en los prados, y antes de que amaneciera, los reyes magos nos montaron en sus camellos y como el rayo ilumina el horizonte nos llevaron al futuro de los hombres y nos dieron un beso.

Cuando abrí los ojos lo primero que vi fueron los moños laterales de la tía Angelina casi sobre mi cara.

--Levantaos, chicos, os han traído los reyes muchas cosas.

Pobre tía – pensé - , en su inocencia nunca sabría de donde habíamos venido.




(*) Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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