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19 de septiembre de 2019, 13:13:19
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Cuento: “Historias Urbanas”... (XI)


Rosa María de las Nieves

Por J.I.V.



Romualdo Sacristán lo tenía decidido desde hacía ya varios días. Esa misma noche y después de su encuentro diario con Rosa María de las Nieves, cortaría por lo sano y le daría el pasaporte sentimental.
Es una pena –pensó, mientras se atusaba el espeso bigote y conducía su coche desde la Plaza de España rumbo a la Casa de Campo. No era la ruta más directa para llegar a su casa pero cada vez que se encontraba con Rosa María de las Nieves, atravesaba ese extenso parque para cumplir con ella el diario ritual amoroso que le dejaba a él tan contento sobre todo, al final de una dura jornada de trabajo.

No podemos seguir –se repetía para sí mismo, en un intento de justificarse. Las cosas, se han complicado y yo, -desde luego-, no estoy para más dificultades de las que ya tengo.

Bastante tengo con los problemas de casa –se repetía, para encima echarme ahora la responsabilidad de esta otra mujer. Y aunque no es como la mía –pensaba mientras conducía- que vive eternamente malhumorada y aprovecha cualquier pretexto por mínimo que sea, para dar rienda suelta a todas sus neuras y frustraciones lo cierto es que tengo que dejarla.

No hay caso con mi mujer, recordó con amargura. No se le puede agarrar por ningún lado y en cambio Rosa María de las Nieves, –se dijo mientras le daba una mirada de reojo- es todo lo contrario; siempre calladita y no reclama por nada y de seguro que en más de una ocasión tiene motivos para ello. Para empezar, -pensó, el hecho que yo la doble en edad y que al lado suyo, me vea como su abuelo es más que suficiente. Además, -reconoció, soy un egoísta: la veo cuando yo quiero, a la hora que me viene bien y por el tiempo que yo digo y Rosa Maria de las Nieves siempre igual, no sonríe pero tampoco protesta y eso para un hombre vale todo el oro del mundo. Las mujeres no lo saben pero la clave para mantener una buena relación y retener a un hombre está justamente en eso, en no reclamar y quejarse lo menos posible.

¿Porque será que todas las esposas tienen esa terrible inclinación a quejarse por todo? Rosa María de las Nieves es justamente al revés ¿Será porque no es mi mujer? y por ejemplo, ahora mismo que vamos en el coche ella está sentadita a mi lado y no me recrimina por mi forma de conducir ni me dice cuando debo adelantar o no a otro vehículo en la carretera. En eso, no se parece en nada a las esposas que están siempre dándole la paliza al marido por su forma de conducir. Ha habido ocasiones en que yendo con la mía he deseado que nos caigamos por un barranco para así acabar de una buena vez con la insoportable retahíla de recomendaciones con que suele amargar nuestros viajes en coche.

En el aspecto más íntimo y personal, Rosa María de las Nieves tampoco me exige nada y hace sólo lo que me gusta a mí. Mi esposa en cambio, nunca está contenta (ni yo tampoco) y en las raras ocasiones en que las cosas podrían ir bien a última hora, siempre hay un detalle (de parte suya por supuesto) que echa a perder todo el asunto.

Rosa María de las Nieves en cambio, siempre está dispuesta de buen grado a satisfacer todos mis caprichos. Hay cosas que mi mujer nunca se ha atrevido a hacer conmigo (a causa de su formación cristiana y por ser muy decente según me ha dicho) y en cambio Rosa María de las Nieves, el primer día que se montó en mi coche y nos fuimos a dar una vuelta al Parque del Retiro, antes de bajarnos del coche ya me la había mamado dos veces.

Que bien me lo has hecho –le dije en esa ocasión-, mientras la cogía del pelo para ayudarla a incorporarse. Rosa María de las Nieves sólo me miró con sus grandes ojos y no dijo nada pero yo sé que le gustó porque al poco rato volvió a sumergirse entre mis piernas y desde entonces, nos vemos a diario al salir de mi trabajo y mientras hago el camino de vuelta a casa, atravesamos la Casa de Campo y como ya me la conozco bien me voy por el mismo sitio y antes de llegar a un lugar determinado (que es muy solitario) y sin que se lo diga, Rosa María de las Nieves ataca mi entrepierna y vuelve a contentarme otra vez tal como lo hiciera el primer día y ahora mismo mientras espero que Rosa María de las Nieves me de las últimas chupadas, me siento como un canalla por tener que hacerle esto y decirle que hoy mismo sin remedio, acaban estos tres años de relaciones porque definitivamente, ya no puedo seguir con ella y no tengo de verdad nada que reprocharle –lo repito-: Todo ha ido bien al menos para mí que soy muy egoísta y que me preocupo sólo de mi disfrute y satisfacción personal pero no puedo hacer otra cosa.

Está decidido y no me echaré atrás y no me importa si ella sufrirá o no. Ya se acostumbrará al fin y al cabo, no soy el único hombre sobre la tierra de manera que en cuanto termine, se acabó.

Instantes después, un estremecimiento seguido de un fuerte jadeo le hizo saber a Romualdo Sacristán que el plazo para acabar con aquella aventura había llegado y que los buenos momentos de los últimos tres años habían alcanzado el fin. Su mano derecha se deslizó con suavidad por los muslos de Rosa Maria de las Nieves subiendo hacia sus caderas. En un momento, la mano de Romualdo Sacristán se acercó a la guantera del coche de donde extrajo sin hacer ruido un largo y fino destornillador que con un rápido y certero golpe, asestó al pecho de Rosa María de las Nieves quién fiel a su costumbre, ni siquiera exhaló un grito mientras el punzante acero le perforaba el corazón.

En medio del silencio y de la casi total oscuridad reinante un fuerte y prolongado suspiro, dejaba escapar la vida de Rosa María de las Nieves, por aquel orificio abierto en su pecho haciéndole perder instantáneamente la fuerza y las voluptuosas formas de su cuerpo de mujer.

Romualdo Sacristán miró con los ojos húmedos mientras doblaba por última vez, a Rosa María de la Nieves la más hermosa y fiel muñeca hinchable que había tenido en su vida y que ahora con el cuerpo frío y arrugado como un mantel de hule, desaparecía en la bolsa de deportes donde Romualdo Sacristán la guardaba cada día después del esperado lance de amor.

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