Editorial
Por
Jorge Infante Velarde
Última actualización 30/07/2009@16:10:05 GMT+1
La tenebrosa sombra del fantasma de los golpes de Estado a manos de los militares ha regresado a Latinoamérica: una región que dolorosamente y a un costo de miles de muertos ha conseguido conquistar la democracia.
Pero por otro lado, en Latinoamérica ha comenzado a extenderse desde hace ya algunos años, una costumbre: muchos presidentes buscan las fórmulas para quedarse -por más tiempo del determinado por las urnas-, en sus sillones de empleados públicos de primer nivel.
Manuel Zelaya –que vivía los meses finales de su mandato constitucional-, no ha sido la excepción y es el último en sucumbir a la tentación de repetir el plato e intentó crear un mecanismo que propiciara una reforma constitucional para aferrarse al sillón presidencial.
A diferencia de otros presidentes que sí han conseguido su objetivo, Zelaya no pudo ni siquiera, llegar a intentarlo con el referendo al cual de manera anticonstitucional –según el congreso hondureño-, había convocado. Los militares de su país desconociendo la misma constitución que invocaron para derrocarle, le secuestraron y esposado como un delincuente cualquiera, le pusieron en un avión y expulsaron del país para evitar según dijeron esos mismos militares golpistas, que “pasara por encima de la ley”.
Acto seguido, el general líder de los golpistas afirmó que "Está todo normal, (la situación es como) el desarrollo normal del país", dijo a la CNN en español. Se da la casualidad que el general Romeo Vásquez, depuesto y repuesto (por Zelaya) como jefe del Estado Mayor, fue el encargado de sacar de su puesto al primer mandatario afirmando que, "No estamos haciendo el uso de las armas, estamos haciendo el uso de la razón", lo cual a la vista objetiva de todo lo sucedido, es absolutamente contrapuesto a los hechos y resulta manifiestamente inverosímil.
Manuel Zelaya, el político contradictorio
Con sus 1,90 metros de estatura, sombrero vaquero, botas camperas y un espeso bigote se presentaba Manuel Zelaya a las elecciones presidenciales de su país, que ganaría, contra todo pronóstico, a finales de 2005, gracias a una campaña algo populista.
Su imagen cercana de ranchero carismático, creyente, que dice las cosas tal y cómo las piensa -aunque la oratoria no sea uno de sus puntos fuertes- convenció mayoritariamente al electorado, que dio de lado al favorito en las encuestas, Porfirio Lobo Sosa, del Partido Nacional.
En 1970, Zelaya se afilió al conservador Partido Liberal de Honduras (PHL), donde fue ocupando diversos cargos de responsabilidad hasta que con la llegada del nuevo siglo, decidió dar el salto y postularse a la presidencia, algo que logró al segundo intento.
Bajo el eslogan 'Urge el cambio, urge Mel', Zelaya presumía de honrado y centró su candidatura en los tres temas que más preocupaban a los hondureños: la delincuencia juvenil -para lo que propuso endurecer las penas y aumentar el número de policías-; la pobreza -prometió que tanto él como sus ministros irían a trabajar en transporte público porque "no hay derecho a que en un país tan pobre como Honduras los dirigentes tengan tantos lujos"-; y la corrupción -puso como ejemplo que sus negocios empresariales nunca habían dado un escándalo-.
Tras llegar al poder formó un gabinete integrado en su mayoría por miembros de su partido, pero pronto dejaría a todos descolocados al anunciar que su mandato sería de tendencia izquierdista y socialista, algo opuesto a la línea ideológica del Partido Liberal.
Las crisis múltiples de Honduras
Honduras vive su mayor crisis política en décadas; sin embargo, en paralelo a las actuales turbulencias políticas el país padece lo que puede definirse como una sucesión de crisis de varios tipos.
Siendo una de las naciones más pobres de Centroamérica, Honduras sufre el agobio de la corrupción, con una barrera creciente entre ricos y pobres y el desborde de la violencia pandillera. No obstante, el país había logrado mantener una estabilidad política desde la década de los años 80.
Cuando el depuesto presidente Manuel Zelaya llegó al poder en 2005 prometió firmemente que combatiría la pobreza y el poder acumulado por algunas pandillas o "maras". Sin embargo, Honduras sigue siendo un importante paso para el tráfico de drogas en el que operan violentas bandas criminales. Y los precios de los alimentos continúan subiendo sin parar.
La malnutrición, la falta de viviendas y las enfermedades infecciosas, particularmente entre la población infantil, son generalizadas y miles de hondureños se ven obligados a abandonar el país cada año, principalmente con destino a Estados Unidos, desde donde envían remesas vitales para la supervivencia de muchas familias.
Honduras no vive una sola crisis. Es un escenario de crisis múltiples y entre ellas figura una severa crisis económica que tiene repercusiones sociales muy graves. Es un país muy vulnerable a epidemias, frente a la temporada de inundaciones, que siempre es muy grave en Honduras, y frente a la expansión de la pobreza, la crisis económica mundial provocará un fuerte aumento de esta situación y, crece el temor entre la población de que el aparato público no funcione, y que además se convierta en un brazo represor de todo lo que representaba el antiguo régimen. Pero ¿cómo era la Honduras que dejó Zelaya? La Honduras de Manuel Zelaya era sin lugar a dudas, muy parecida a la que él mismo encontró hace tres años y medio
Por ahora lo que está por ver es "quién doblega a quién": si la institucionalidad internacional prevalece (la OEA dio a los golpistas, un plazo perentorio de 72 horas para la vuelta a la institucionalidad (léase reposición del presidente constitucional) o si por otra parte, la actual “institucionalidad hondureña” (instaurada por los militares golpistas) se mantiene.
Lo que sí está claro es que cualquiera de las dos opciones que consiga imponerse de aquí a tres días vista, sólo manejará una presidencia simbólica porque durante los seis meses que le quedan de mandato a Zelaya o a Micheletti (en último caso), ninguno conseguirá un caudal político importante y, mucho menos, solucionar el inmenso abanico de graves problemas que padece el país.
Lo que nadie ha considerado es que en última instancia, sean los militares los que decidan “sacrificarse y salvar a Honduras”. Esta sería sin duda, la peor consecuencia de esta asonada político-militar ocurrida en la convulsa Honduras de nuestros días.