Editorial
Por
Jorge Infante Velarde
Última actualización 30/07/2009@16:10:05 GMT+1
Mauricio Funés, un periodista de 49 años, padre de cuatro hijos y casado en tres ocasiones, ha llegado como abanderado de la izquierda a la primera magistratura de El Salvador, uno de los países más convulsos y deprimidos económicamente de Centroamérica.
Todos los asistentes a la ceremonia de traspaso de poderes esperaban que Funés eligiera la senda que daría orientación a su gobierno: la señalada por Venezuela y Cuba, -más en relación con su pasado izquierdista y con las sintonía de los viejos comandantes guerrilleros del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN)- o tomar la suya propia, que tiene en Lula da Silva su modelo ideal y en Barack Obama su aliado necesario. Tres millones de salvadoreños trabajan y viven en Estados Unidos y desde allí, envían el dinero que significa el segundo aporte al PIB de El Salvador.
Finalmente, en su discurso de investidura, Funés ha hablado con extrema claridad y despejando todas las dudas, se ha decantado por el modelo político del presidente brasileño Lula Da Silva y de Barack Obama en EE.UU.
Mauricio Funés, el primer presidente de izquierdas de la historia de El Salvador, habló con vehemencia y acusó a los sucesivos Gobiernos de la derecha de la situación terrible de atraso, crimen y desigualdad que sufre su país: "Fueron complacientes con la corrupción y cómplices del crimen organizado".
Y para demarcar claramente las líneas iniciales de su gobierno y despejar dudas, señaló: "Mis dos referentes son Barack Obama, aquí representado por Hillary Clinton, y Lula da Silva, mi amigo personal. Ellos han demostrado que se puede hacer un Gobierno democrático con una economía fuerte y una distribución justa de la riqueza".
La secretaria de Estado norteamericana, que celebró "el cambio democrático en la región", y el presidente brasileño sonrieron complacidos y el auditorio aplaudió con fuerza. Con la misma fuerza con que segundos antes había celebrado el anuncio de Funés de reabrir de forma inmediata relaciones diplomáticas y comerciales con Cuba.
El nuevo presidente de El Salvador sabe que su futuro como presidente depende en gran medida de su capacidad para navegar en las procelosas aguas que tiene su entorno político e intentar quedar bien con todos. Por un lado, tiene que compaginar los intereses del partido que le aupó al poder, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), con su propia declaración de intenciones al fijar sus dos referentes políticos (Brasil y USA ) en lugar de citar a Chávez o Castro, más cercanos con su trayectoria de izquierdas. Consecuente con lo anterior, ha hecho un fuerte llamado a la unidad nacional “sin odio y sin resentimientos”.
Su discurso duro y vehemente, trazó un desolador cuadro de la actual situación de su país: "Tenemos que hablar sin rodeos de un deterioro de las finanzas generalizada. La responsabilidad no es del pueblo salvadoreño, sino de los dirigentes que han estado hasta hoy en el poder". Dijo que sus grandes objetivos son resguardar los empleos, proteger a los sectores más vulnerables, impulsar políticas sociales... Hasta sus promesas sirvieron para constatar de forma muy clara cuáles son las carencias del país: "Tenemos que mitigar la desnutrición y comprar medicinas. ¡No más hospitales sin medicinas ni cuotas para poder recibir asistencia sanitaria...!". El nuevo presidente habló de medio millón de niños sin escuela, de pueblos enteros sin agua corriente, de miles de personas -las más desprotegidas- que viven día a día a merced de la extorsión y del crimen que practican las llamadas maras o pandillas juveniles.
Pero dentro de este desolador panorama, también hubo lugar para la esperanza.
Dijo que su Gobierno emprenderá inmediatamente un plan para combatir el fraude y la evasión fiscal. Y otro, aún más profundo: "Necesitamos hacer una revolución pacífica y democrática. Una revolución ética. El bien público no puede ser confundido con el valor personal. La transparencia, el combate a la corrupción y a toda forma de despilfarro serán cosas sagradas en nuestro Gobierno... Necesitamos un Gobierno consciente y patriota. Yo quiero ser el presidente de este Gobierno. Éste será el Gobierno de la meritocracia, no el de los privilegios de unos cuantos. Aquí las personas serán reconocidas por su talento y por su honestidad, no por sus apellidos... En nuestro Gobierno, quien tenga mérito será premiado y quien tenga culpa será ejemplarmente castigado. Se acabó el tiempo del padrinazgo y de la impunidad" y recordando a Monseñor Romero [asesinado por escuadrones de la muerte en 1980 en la capilla del hospital de La Divina Providencia, en San Salvador]", señaló que, "Monseñor Romero dijo que la Iglesia tenía una opción preferencial con los pobres. Eso haré yo. Favorecer a los pobres y a los excluidos".