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Opinión: “Mi Pequeño Manhattan…”

España: Un problema moral

Por Germán Ubillos Orsolich (*)

España: Un problema moral

12OCT17 - MADRID.- En varias y repetidas ocasiones he venido refiriéndome a un problema que pesa sobre nosotros los españoles desde tiempo inmemorial, y es que de una forma cíclica y fatal caemos en la desgracia cuando todo o casi todo parecía sonreírnos, vamos, “cuando estábamos saliendo de la crisis”, en palabras textuales de alguno de esos portavoces, ministros o lo que sea del hasta ahora Gobierno Central de la nación.

En artículos como el titulado “Coro de los Suicidas” escrito con ocasión de la muerte trágica por suicidio de Miguel Blesa y escrito cuando finalizaba la segunda parte de mis vacaciones en El Espinar (Segovia), me he referido a ello; así como en el titulado “España como problema” publicado dentro de mi Sección de Opinión de ese diario señero que es “El Norte de Castilla” para su edición en principio para Valladolid, y después y de forma establecida para otros medios.

A periodos de prosperidad suceden otros de intensas crisis que vienen dando origen a derrumbes, violencia y en ciertos casos de todos conocidos, sangre y muerte.

Es como si la piel de toro de debatiera en una lucha feroz entre su “Eros” y su “Tánatos”; el instinto de vida y el instinto de muerte, considerado y definido por Sigmund Freud.

Manifestándose en los momentos actuales en esa una siniestra partida de ajedrez como aquella entre el Caballero y la Muerte, en el inolvidable filme de Bergman, y ahora entre el Gobierno Central y el autonómico de Cataluña.

Da por pensar -si bien de forma agónica- si no le valiera más un sistema más autoritario y monolítico que ese otro pluripartidista y sembrado de autonomías para este final. He oído de que la mezcla de sangre cristiana y de sangre mora ha dado origen a este pueblo difícilmente gobernable, y en un régimen de libertades más aún.

En alguno de esos artículos advierto que apelar siempre o casi siempre al Ordenamiento Jurídico para dar la debida cohesión a un país es marcadamente insuficiente, y por supuesto para la dicha de los españoles a plazo medio y a plazo más largo.

Bien es verdad que Mariano Rajoy ha tenido y tiene aciertos inestimables como por ejemplo evitar el rescate en momentos de grave crisis económica, para después hundirse en el marasmo, en las aguas cenagosas del “Asunto Cataluña”, por llamarlo de algún modo.

Desde hace mucho tiempo el Gobierno Central de la nación iba en su toma de decisiones como un rezagado lazarillo a metros o kilómetros de distancia por detrás del Gobierno de la Generalitat de Cataluña.

Otro sistema político habría acabado con el rebelde en cuestión de minutos, lo habría fulminado o encarcelado. Un sistema que le ha ido dando libertades, que le ha ido perdonando a un tipo de esa calaña, cobarde y traidor, como lo afirman muchos, es dar la muerte al Estado y al país en su conjunto, al haber llegado a perder en este conflicto parte de su territorio, y ya sabemos que el territorio, el pueblo y el poder son los tres elementos del Estado moderno como bien dice Maquiavelo.

O matas o te matan, eso es todo. Y como en esos enfermos muy graves, accidentados o fruto de un salvaje atentado, o se interviene quirúrgicamente o es el paciente el que muere.

El hecho de que Carlos Puigdemont haya declarado la independencia de Cataluña como Estado Soberano, aunque después haya dejado en suspenso su ejercicio para una negociación a todas luces absurda por imposible, supone invalidarle no solo como interlocutor válido, sino también como presidente.

Pero es que el líder del otro bando, aunque tome la medidas que tome posteriormente y no haga nada o intente resolver el problema así, de corrido y fuera de tiempo, también debería dimitir por fracasado, que es lo que hemos sentido en nuestros corazones todos los patriotas que como yo aún quedan es éste país.

Patriotas porque como un servidor siempre hemos querido a España, una “España Unida, Grande y Libre”, el hecho que haya quedado la declaración en suspenso, lo que sume es en un suspense que no nos merecemos a buena parte del pueblo español, aunque quizá nos corresponda la parte alícuota en la responsabilidad del desastre.

Y el que por encima del orden jurídico, por encima de la ley existía durante largos años otro ordenamiento el moral que dotaba de atmósfera a aun un mundo de otra forma irrespirable. Y era ese ordenamiento moral el que precisamente permitía la Felicidad de muchos ciudadanos que ahora nos sentimos traicionados, decepcionados y hundidos, por culpa de unos personajes como Puigdemont, Junqueras y el pobre Artur Mas, como dice mi amigo Anson, que nos han llenado la boca de amargura y el corazón de una impotencia y una tristeza difícilmente reparables.

(*) Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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