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Un ácrata en la frontera de un mundo viejo...

Por Samuel Cauer

Se despertó cubierto de cartones, pero seco. El viento de anoche deshizo esa especie de habitáculo endeble casi como un castillo de naipes de no ser por esas bisagras...

A su lado tenía esa vieja radio despertador de bolsillo, sin tapa para las pilas, con la pantalla rayada y descolorida; solamente la usaba como despertador y había olvidado en qué día, mes, año o época vivía. Le gustaba madrugar aunque no tuviera "nada" que hacer, nada en el sentido estricto no, sino en el sentido al que estamos acostumbrados: el de hacer algo que las invisibles fuerzas del sistema en el que nos hayamos inmersos nos obligue a hacer (madrugar para trabajar, ir al banco, hacer gestiones, la compra etc): En realidad vivía intensamente cada momento desde que estaba despierto, experimentaba cada olor, cada sonido, cada imagen de esa urbe en movimiento, y aunque todos los días parecieran iguales, en verdad no lo son, "la diferencia entre dos cosas distintas, no es más que una infinita sucesión de iguales" se decía a sí mismo. Era un hombre con el estómago vacío, pero con la cabeza llena.

Ya no se acordaba como había llegado a donde estaba ni como había llegado a vivir como vivía. Apenas recordaba si había tenido otra vida, era muy joven cuando ocurrió... Un día decidió subirse de polizón en un tren de mercancías de esos con los vagones abiertos, casi sin pensarlo, de forma instintiva, como la travesura de un niño, cuando de repente se puso en marcha y cruzó más allá de la comarca, empezó lo desconocido, es lo único que recuerda de todo aquello, el hecho de hallarse ubicado más allá de una frontera que jamás había atravesado, aunque fuera un lugar aparentemente sin nada especial, produjo un profundo e inesperado cambio en él e hizo que no quisiera volver. Su familia tras meses de búsqueda, lo dio por desaparecido.

Se puede decir que jamás conoció el estrés, ni tampoco tenía claro el concepto de propiedad, en aquella urbe de casas humeantes y barrios obreros (a cientos o quizá miles de kilómetros de su lugar de origen), donde sucias fachadas por el humo de las fábricas, contrastaban con los colores de las ropas tendidas en largos hilos que unían los edificios.... él tenía todo lo que necesitaba. Siempre se las arreglaba para conseguir un café allí o allá, un mendrugo de pan. Tampoco conocía el concepto de utilidad aplicado a uno mismo, podía entender que su viejo radio despertador a pilas, le podía ser útil para despertarse temprano, y a su vez esto le era útil para presenciar el frescor de la mañana y la salida del sol (porque sino se iban), pero nunca pasó por su cabeza el concepto de "aprovechar el máximo tiempo posible", ni tan siquiera el concepto de máximo o maximizar, así como tampoco se planteó siquiera el concepto de utilidad aplicado a sí mismo.

Para él, los objetos podían ser útiles en un momento dado, para un fin dado y ya. Luego, ese fin, conllevaba una cadena de fines que al final convergían en uno solo y esencial: estar ahí experimentando cada instante el tiempo que le rodea, la pura existencia y la pura consciencia de existir.

Por esta razón, era un vagabundo atípico, que apenas llevaba carga, no llevaba abrigos para el invierno, ni un carrito, cuando necesitaba algo, se limitaba a merodear por las calles, sobre todo a media noche para ver si algún vecino se había deshecho de un colchón, no entendía la acumulación por la acumulación.
Si tenía un colchón para pasar la noche, no tenía sentido que tuviera dos, si tenia un abrigo, no tenia sentido que tuviera 4 más, pues no podía ponerse todos a la vez y el resto del tiempo suponían una carga.

- Largo de aquí, viejo - Una voz joven y fuerte le habló con desprecio
- ¿Por qué?, ¿vas a pasar?, pasa, te hago un sitio - Respondió el
- No me has entendido, sal DE AQUI, esta es mi propiedad, estás dentro de mi jardín
- ¿Tu jardín?¿propiedad?, pero si este espacio ya estaba aqui antes de que existiéramos y seguirá después...., ¿por que ese pájaro puede posarse en el jardín y yo no puedo estar?
- Porque es mio y quiero que te largues, para eso he pagado por él - Lo sacó de un empujón

No comprendió bien qué significaba eso de pagar, pero parecía una especie de derecho misterioso y místico que le atribuía a esa región de la tierra, una serie de propiedades que él no era capaz de advertir. No comprendía por qué su presencia física en el jardín, pudiera ser un problema si el jardín seguía siendo jardín estuviera o no en él, pero le daba la impresión que entre ese pedazo de tierra verde y el joven que le había hablado de forma desagradable, debía de haber una especie de sogas que no podía ver ni tocar, quizá fuera eso a lo que se refería con "su jardín". Y entonces, sin saber muy bien, pero intuyendo qué quería decir con propiedad, le preguntó al joven:

- Una pregunta... entonces ¿el jardín es propiedad tuya o tu eres propiedad del jardín?, porque parece que vas a consumir toda tu existencia ocupándote exclusivamente de que exista esa especie de enganche con él...

El joven frunció el ceño sin comprender y tras unos instantes reaccionó bruscamente
- ¡ Que te largues de aquí piojoso, YA !

Y se fue a otra parte dándole vueltas a todo esto. Lo que tenía claro es que ese misterioso vínculo entre una cuadrícula imaginaria de tierra y la persona con la que se había topado, había le producido sensaciones desagradables. Concluyó por tanto que "atarse" con esa cosa imaginaria llamada propiedad era algo desagradable y peligroso, peligroso porque había producido en la otra persona una sensación que él desconocía: el miedo a perder algo y sentir el impulso de preservarlo bajo un aura abstracta de protección. Él no tenía miedo a perder nada, pues nada podía pertenecerle al no conocer tales conceptos.

Era un ácrata en la frontera de un mundo viejo, cansado, exiguo en su interior por el desgaste del capitalismo. Un mundo en el que los demás, ponían sogas invisibles a objetos, parcelas de tierra, animales e incluso personas, pero ademas ponían esas sogas invisibles a otras sogas, de manera que un derecho místico de poseer algo, podía poseer otro derecho místico a su vez, esto, lo llamaban economía especulativa, parece ser.

Y sin saberlo, nuestro querido vagabundo, era ni más ni menos, el primer habitante del nuevo mundo surgido del colapso capitalista, un mundo donde no quedaban reservas energéticas porque habían sido agotadas, con la consecuente paralización de todas las máquinas de producción, sistemas de calculo bancario y sin otra fuerza productiva que el trabajo humano o animal, pero al contrario que el Neolítico, todo estaba saturado de residuos y piezas inútiles de cosas que ya no funcionaban.

Era el primero de ese nuevo mundo que aun no se percibía, porque todo cambio si bien gradual, era irreversible, pero a diferencia que el resto que llegarían después, él no sentiría pánico, porque nunca llego a comprender el miedo a perder algo, es decir, en esencia el sistema que englobaba a todo el mundo, a pesar de estar casi rozando con su piel el principio y final de la frontera de ese mundo.

Un ácrata en la frontera de un mundo viejo...
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