Editorial
Por
Jorge Infante Velarde
Última actualización 06/03/2010@00:06:42 GMT+1
Honduras y Uruguay son dos países completamente diferentes. No solo se ubican en lugares completamente distintos en la geografía americana sino que además tienen diferencias de todo orden y podríamos aventurar que el único común denominador entre ambos es el idioma. Para aumentar las diferencias, desde este pasado domingo, ambos se ubican en las antípodas políticamente hablando.
El mismo día, en Uruguay, llegaba por primera vez al poder en ese país, un ex guerrillero urbano que purgó más de una docena de años en las cárceles uruguayas por su pasado tupamaro durante los duros años de la dictadura en Uruguay: José Mújica, un hombre del pueblo, que ha conocido los rigores de la persecución política, la cárcel, la clandestinidad y que llena sus horas libres cultivando la tierra con sus propias manos en su pequeña granja a las afuera de Montevideo, es desde ahora, el presidente electo del pequeño país que es Uruguay el cual ha crecido y desarrollado su propia personalidad como país, metido como una cuña a la sombra, entre los dos países más grandes de Sudamérica: Brasil y Argentina.
En el otro extremo de América, en la América central pobre, de mayoría poblacional indígena y con una pobreza y subdesarrollos endémicos, ha triunfado en unas elecciones de dudosa legalidad, José Lobo, un genuino representante de la derecha conservadora y oligarca, como lo es el depuesto “Mel” Zelaya quien por origen, pertenece a la alta clase social hondureña, y que más que probablemente durante su gobierno, cometió el imperdonable error de mirar hacia la izquierda y fijarse en la tremenda carga de problemas sociales que tienen sus compatriotas desde siempre irritando con ello, a sus pares de las clases pudientes que presionaron a los militares para que éstos, hicieran el trabajo sucio orquestado desde las sombras por la derecha hondureña que nunca le perdonó a Zelaya que siendo uno “de ellos”, se acercara tanto a Chávez y simpatizara con su “socialismo del siglo XXI” y su llamada “revolución bolivariana”.
Estas dos elecciones, -las dos primeras de una serie que acabarán este mes de diciembre con las bolivianas este domingo 6 y las chilenas este domingo 13, nos dan pie para extraer una serie de conclusiones que indican de manera clara como en algunos casos, los países avanzan por sus propios medios y otros dependen todavía, de los avatares propios de las políticas exteriores de otros países más desarrollados que se resisten a abandonar sus prácticas colonialistas en este siglo 21 dominado por la tecnología y la inmediatez en las comunicaciones.
En Uruguay es evidente que los logros conseguidos por el presidente Tabaré Vásquez, el todavía mandatario uruguayo, han sido determinantes y manifiestan su lógica continuidad en la victoria de Mújica ya que no hay otra explicación razonable para que el pueblo uruguayo y mejor todavía, la derecha uruguaya, no haya conseguido hacer pesar el pasado tupamaro del candidato Mújica lo cual vendría a decir entre líneas, que la sociedad latinoamericana ya no cree en los “monstruos-izquierdistas-devora-niños” con que durante años, los partidos de la derecha tradicional latinoamericanos han aterrorizado a los votantes.
Por otra parte, la –en opinión de algunos – fraudulenta elección de Lobo en Honduras, con un presidente depuesto por un golpe militar, refugiado en una embajada amiga, con un congreso que ha ratificado su negativa a aceptar que Zelaya sea repuesto en el poder da que pensar varias cosas y la primera de ellas que surge clara, es la absoluta incompetencia de la OEA como organismo con ascendiente sobre sus asociados.
En segundo lugar habría que mirar y destacar con detenimiento, la vacilante y poco firme postura de EEUU en este conflicto que pasó del inicial fuerte rechazo al golpe militar manifestado en principio por la secretaria de estado norteamericana Hillary Clinton y que, con el correr de los días, derivó a una postura de indiferencia y, -en alguna ocasión-, de franco reproche a Zelaya por la forma y el modo en que estaba reclamando su restitución al poder hasta, la declaración final: aceptaría y daría por buenas, las elecciones del pasado 29 de noviembre con el dudoso argumento que sería esta, la mejor solución que tiene todas las apariencias de una operación de “blanqueo político” y en tercer lugar, tendríamos que tomar en cuenta la absoluta disparidad de los diferentes países iberoamericanos que no han conseguido un consenso frente a la situación hondureña ya que mientras algunos como Brasil, Argentina, Ecuador, Bolivia, Paraguay y Venezuela entre otros, han expresado su firme rechazo y han asegurado que no reconocerán estas elecciones, Costa Rica, -cuyo presidente Oscar Arias fue el primer mediador en el conflicto-, se ha apresurado junto a Perú, Colombia, Panamá y el citado EEUU, a anunciar que reconocerán como válidas unas elecciones cuya génesis, es un golpe militar lo cual a nuestro juicio, sienta un peligroso precedente y que podría animar a otros golpistas en embrión en otros países, a hacer lo mismo sabedores de la ninguna influencia que tiene la OEA y la más que probable indiferencia de EEUU.
Por otro lado y tristemente, hay que reconocer que dentro del concierto general de Iberoamérica y del resto del mundo –especialmente en Europa-, Honduras era casi absolutamente desconocida hasta el pasado mes de junio y de no ser por todo los hechos sucedidos muchos ciudadanos -especialmente de Europa-, poco o nada seguirían sabiendo de Honduras y al respecto cabría recordar la cínica frase de un estadista británico quien en cierta ocasión dijo aquello de “nada como una buena guerra para aprender geografía”.