Editorial
Por
Jorge Infante Velarde
Última actualización 06/03/2010@00:06:41 GMT+1
No puede negarse que estas próximas elecciones presidenciales en Chile, serán cruciales para el futuro inmediato del país y que, por primera vez desde la recuperación de la democracia, son completamente diferentes a todo lo que se ha venido dando hasta ahora.
Son únicamente tres los candidatos que realmente tienen una razonable opción a ganarlas y estas tres personas aunque muy distintas entre si, persiguen el mismo fin: alcanzar la presidencia de Chile.
Sebastián Piñera Echeñique, Eduardo Frei Ruiz-Tagle y Marco Enríquez-Ominami, son los tres hombres que creen tener cada uno de ellos, la fórmula para resolver los problemas de los chilenos que dicho sea de paso, son tan viejos como el país mismo y que pese a las buenas intenciones de los últimos presidentes “concertacionistas”, la mayoría de esos problemas, continúan sin resolverse y afectan a parcelas de la vida del país tan importantes como trabajo, salud, educación, vivienda y, últimamente, lo relativo a la igualdad de oportunidades tanto para las clases menos favorecidas como para los integrantes de los llamados “pueblos originarios” tradicionalmente marginados de todos los progresos sociales y económicos en un país donde cada día que pasa, se amplían las brechas sociales a causa del liberalismo feroz que impera en todos los sectores.
Siendo el único común denominador entre estas tres personas su aspiración a ser el próximo presidente chileno, tienen cada uno de ellos diferencias en cuanto a edad, personalidad, origen, experiencia política, carisma, simpatía, aspecto físico pero aún así, un análisis más detenido indica que estas diferencias no importarán nada ya que los tres irán (en el caso de ganar) a profundizar más si cabe, el actual modelo económico que impera en el país y que es, -como todos saben-, herencia del anterior gobierno dictatorial del general Pinochet quien junto a su equipo económico, diseñó la estructura económica que ha permanecido vigente desde la recuperación de la democracia por aquello de que “si algo funciona, no hay razón para cambiarlo”.
Todos los sondeos, las encuestas de opinión e incluso los análisis de observadores independientes han centrado sus cábalas en estos tres candidatos mayoritarios relegando al olvido absoluto al cuarto candidato en liza: Jorge Arrate Mac Niven, del Juntos Podemos Más (Partido Comunista e Izquierda Cristiana) quien paradojalmente, es el único que plantea un programa diferente en temas principales tales como la renacionalización del cobre o la convocatoria a una Asamblea Constituyente para una nueva Constitución Política.
Desafortunadamente y eso lo saben incluso sus propios partidarios, Arrate no tiene ninguna posibilidad excepto, la de conservar el voto cautivo y fiel a la izquierda extraparlamentaria y que siempre ha oscilado entre el 3 y el 5% del total de los votos depositados.
El escenario entonces en que se dirimirán las próximas elecciones en Chile está reducido a tres personas y éstas son cada una a su manera, representantes del poder económico en las sombras que dirige y maneja sus candidaturas y la opinión pública ha conseguido acomodarse a la idea de que esta contienda, se resolverá entre Piñera y “uno de los dos contrarios” y está claro que la elección final se disputará en la segunda vuelta y parece claro también que en esta ocasión, la posibilidad cierta de ganar no la tiene la Concertación.
En esta ocasión y por primera vez en lo últimos 50 años, las reales posibilidades las tiene un genuino representante de la derecha económica más reaccionaria: el financiero Sebastián Piñera a quien y a la vista de cómo se han dado las cosas en la Concertación en los últimos tiempos, ha sido ésta precisamente, quien ha allanado el camino al candidato conservador.
Con el correr de los años en el gobierno, la Concertación (el bloque de partidos que la conforman) desdibujó sus líneas de acción (inicialmente mayoritariamente inclinadas al centro izquierda) y acabó pareciéndose y acercándose más a un centro derecha-derecha lo que causó el desencanto de muchos de sus partidarios, tanto de la Democracia Cristiana (otrora el partido más sólido de Chile) así como también, del partido Socialista (el más férreo en sus convicciones políticas después del PC) y con este panorama, comenzaron a perder fuelle y ascendiente sobre un electorado cada vez más desencantado y sin tomar en cuenta una pujante renovación generacional que no estaba siendo atendida políticamente y que hoy, pese a conformar una enorme masa no tiene peso electoral puesto que no se ha inscrito en los registros electorales pertinentes.
Al mismo tiempo, la llamada Alianza por Chile, trabajó para conseguir zafarse de su pasado “pinochetista” y ha insistido (y conseguido convencer) a una buena parte del electorado más joven, que es una agrupación y una corriente, auténticamente democrática y que “nunca estuvo de verdad al lado de la dictadura” (lo que constituye una de las más grandes falacias de los últimos años) y en esta situación, la Alianza por Chile ha llegado incluso a conseguir que Piñera parezca hoy, más “avanzado” que algunos de los miembros de la Concertación lo cual ciertamente, ha desconcertado a buena parte del electorado que está terminando por convencerse que Piñera, a fin de cuentas, “puede ser un derechista de tomo y lomo, pero que no es como los demás” puesto que suele a menudo, alabar las políticas y programas sociales de la presidenta Bachelet y ha anunciado que no sólo los conservará sino, que, los “va a mejorar”
El triunfo de Piñera no sería un hecho sorprendente. La derecha mantiene desde 1990 una cota superior al 40% electoral y en las dos últimas elecciones presidenciales ha estado a punto de ganar. Ricardo Lagos escapó “in extremis” de perder ante Joaquín Lavín gracias a los votos de Izquierda que desoyeron el llamado del PC a votar nulo en segunda vuelta. Michelle Bachelet también casi pierde: obtuvo 45,96% de los votos contra 48,64% de la derecha con dos candidatos: Piñera (25,41%) y Lavín (23,23%). El candidato comunista-humanista Tomás Hirsch obtuvo 5,40%. Esa vez el PC llamó a votar por Bachelet en segunda vuelta, lo cual su electorado habría hecho de todos modos.
Así fue como Bachelet alcanzó el 53,50% que la convirtió en la primera mujer presidenta de la República de Chile. Sin embargo, Piñera alcanzó un nada despreciable 46,50%. Ese porcentaje es el más alto alcanzado por la derecha en el último medio siglo. El último candidato de la derecha, el ultra conservador Jorge Alessandri Rodríguez (1958-1964) ganó la presidencia con apenas el 31,2% y fue elegido en el Congreso Pleno con apoyo del Partido Radical; y el 4 de septiembre de 1970 alcanzó 34,9% contra 36,3% de Salvador Allende (elegido en el Congreso Pleno) y 27,9% de Radomiro Tomic, de la DC.
En el Chile de hoy a favor de Piñera están la erosión ideológica y el desprestigio de la clase política ya que en este aspecto, Piñera aparece como un renovador, como un “auténtico hombre nuevo” a salvo por su inmensa fortuna, de las tentaciones del enriquecimiento ilícito al cual (según la creencia popular) son tan proclives los políticos de altos vuelos. Los casos de corrupción destapados a lo largo de estos últimos 20 años no han favorecido para nada a la Concertación y por el contrario, la han desgastado más, incluso de lo que ella misma cree, a nivel del hombre de la calle que ve como apenas “llega a fin de mes” mientras los “apitutados” (“enchufados”) de siempre, llevan una vida plena y sin sobresaltos económicos.
Por otro lado, el “desinfle” del otrora bloque casi monolítico de la Concertación con la crisis de la DC, la deserción de políticos del PS ya que como se sabe, tanto Enríquez-Ominami como Arrate, proceden (desencantados) del PS. También era socialista el senador Alejandro Navarro que desistió de postular a la Presidencia. Lo mismo el senador Carlos Ominami. La DC experimentó la fuga del senador Adolfo Zaldívar y un grupo de diputados -que formaron el Partido Regionalista de los Independientes (PRI)-. Del PPD emigraron el senador Fernando Flores y compañía para crear Chile Primero, que apoya a Piñera, y el senador Roberto Muñoz Barra.
Pero después de considerar todos estos detalles que son parte del diario vivir en la política chilena, queda un tema a considerar. Marco Enríquez-Ominami, el ex diputado socialista que convoca apoyos de centro y derecha y que ha transformado su inicial opción de cambio en una candidatura personalista casi como de estrella de rock, y que admite un variopinto panel de apoyos que precisamente, pueden causar su ruina electoral parece no darse cuenta que la derecha, con una habilidad admirable ha descubierto que esa postura “liberal-progre-moderna-juvenil- rompedora” de Enríquez-Ominami puede en el fondo, causar más perjuicio a la Concertación que a la derecha misma. Quizás por eso y sintomáticamente, Enríquez-Ominami tiene tanta cobertura en medios de prensa que no son afines ideológicamente a la Concertación y/o a la izquierda.
Toda esta situación ha desencadenado una escalada de ofrecimientos como no se veía desde hace tiempo: “Un millón de empleos, 10.000 nuevos carabineros en las calles, 50 Liceos de excelencia, doblar los salarios mínimos, mejorar hasta en un 50% las pensiones mínimas, crear miles de viviendas sociales, y el compromiso de un bono escolar de 40 mil pesos (70 dólares) a pagar en cuanto asuma la Presidencia y así, hasta el infinito”, son las promesas que las radios difunden machaconamente a toda hora intoxicando a los oyentes como parte de la estrategia electoral de Piñera..
Frei y Enríquez-Ominami tampoco se quedan cortos. Frei promete hacer vivir mejor a los chilenos y recurre a todos los argumentos que pueda sustentar con su anterior pasada por La Moneda. Enríquez-Ominami hace gala de lo que tiene más a mano: su juventud y las “terribles ganas de cambiarlo todo” cosa que entusiasma a todos aunque muchos, no sepan exactamente que es lo que cambiaría MEO si llegase al poder. Los tres prometen y prometen sin límites, sabedores como saben que una vez pasada la euforia y el éxtasis de las elecciones, siempre habrá excusas para no cumplir o, en el mejor de los casos, “dejar para más adelante” el cumplimiento de las “promesas electorales”.
Sin embargo en el fragor de las promesas electorales, pareciera que el tema de las mismas se ha concentrado exclusivamente en el ámbito del territorio nacional ya que ninguno de los candidatos –tomando en cuenta la globalización-, habla demasiado de los problemas mundiales que hoy mismo aquejan a buena parte del mundo tales como el medio ambiente, la pobreza y el hambre global que aquejan a millones de habitantes de diversos países, el creciente desempleo mundial y el desmesurado e inútil gasto militar en que se han embarcado los países de Latinoamérica Chile incluido y que más temprano que tarde, pasarán una factura importante por su inmensidad y que será difícil de pagar.
Tal y como están las cosas, lo único importante por ahora y dada la proximidad de las elecciones, es desplegar todos los recursos para ganar a como de lugar. Lo que venga después, ya se verá o como se dice en buen chileno, “en el camino se arregla la carga”.